El lado slow del fashion
- Melissa Aguilar

- 24 oct 2025
- 4 Min. de lectura
Seguro ya lo has escuchado por ahí: slow fashion.
Pareciera sólo un término más que se inventó la moda para que se ponga de moda, pero detrás tiene una filosofía que está cambiando la forma de entender la ropa (o al menos lo está intentando).
¿Qué significa realmente y por qué se está empezando a hablar de esto?
Aquí te lo explico sin tecnicismos.
El concepto de slow fashion nació como respuesta al fast fashion: mientras las grandes cadenas nos acostumbraron a ver colecciones nuevas cada semana, precios bajos y ropa pensada para durar poco, el slow fashion propone lo contrario:
Diseñar y producir con conciencia
Priorizar calidad sobre cantidad
Crear prendas pensadas para durar años, no semanas (o un día)
Comprar con intención, no por ansiedad
Fast fashion vs. slow fashion

No se trata solo de dejar de hacer ropa súper fast para ahora relajarnos y coser en modo slow.
O sea sí..
Pero no.
Mientras el primero te invita a comprar cada fin de semana “porque cambió la temporada”, el segundo te pide que respires y cuentes hasta 10 antes de agregar al carrito.
Uno vive de la novedad; el otro, de la permanencia.
Uno corre detrás de las tendencias; el otro camina con propósito.

En producción, el fast fashion apuesta por lo masivo: miles de prendas idénticas que nacen y mueren casi igual de rápido.
El slow fashion, en cambio, se toma su tiempo. Produce poco, cuida procesos y se permite imperfecciones que lo hacen más humano. Le devuelve el nombre y rostro a quien está detrás del diseño.
En materiales, el fast fashion recurre a telas más rígidas que el corazón de tu ex (y que durarán menos que tu relación con él).
Y el slow fashion elige fibras que resisten al paso del tiempo (y a tus estados de ánimo).
Básicamente el fast fashion quiere que compres rápido y te dure poco para que vuelvas a comprar, mientras que el Slow Fashion te invita a elegir desde la conexión con quien lo crea.
En realidad, el slow fashion trata de algo más que sólo ropa.
Trata de tiempo, de memoria y de respeto: por quien la hace, por quien la usa y por quien la volverá a usar después.
Es volver a ver la moda como una obra de arte: imperfecta, viva y con historia.

Slow fashion en España
Aquí, el slow fashion ya no es discurso de nicho: está en los escaparates y en la conversación cotidiana, entre quienes prefieren calidad, historia y propósito.
Desde hace más de una década —cuando marcas como Ecoalf empezaron a hablar de sostenibilidad— los medios le han dado espacio al tema.
Revistas como Vogue España o SModa lo cubren desde 2014, y hoy ya forma parte del lenguaje común.
No es solo discurso estético: hay regulaciones, ferias y diseñadores que trabajan en serio con materiales reciclados y producción local.
El movimiento gana fuerza en ciudades como Madrid y Barcelona, donde ya no es raro encontrar marcas que hacen pocas unidades, o incluso piezas únicas.
Hay talleres que combinan tradición artesanal con diseño contemporáneo, marcas que producen localmente, trabajan con tejidos reciclados y rehúyen las temporadas.
También hay más tiendas de segunda mano, mercadillos vintage y diseñadores que apuestan por la transformación de prendas ya existentes.
La moda consciente no es solo una tendencia, sino una respuesta a consumidores que buscan calidad, autenticidad y propósito en lo que visten.
Slow fashion en México
En cambio, a México, el discurso llegó un poco más tarde.
Los medios empezaron a hablar de moda sostenible alrededor de 2017, cuando Forbes, El Universal y Milenio descubrieron que también se podía vender conciencia.
La mayoría de los proyectos viven en burbujas (y en Instagram) y se concentran en Ciudad de México.
Hay marcas pequeñas que hacen piezas limitadas y espacios que hablan de circularidad, pero el resto del país va más lento ("luego con más calma joven, gracias")
En la capital ya se ven tiendas que apuestan por piezas limitadas, diseño local, materiales recuperados y colaboraciones con artesanos de comunidades indígenas.
Pero fuera de ese circuito, la conversación sigue siendo mínima.
El fast fashion domina, las plazas comerciales siguen llenas, las apps con super descuentos siguen en todos los teléfonos y las propuestas conscientes sobreviven más en la estética digital de redes sociales que en el mercado, con ventas reales.
Entre Madrid y México, el slow fashion avanza a ritmos distintos, pero responde a la misma urgencia: hacer menos ruido y más sentido.
Lo entendí en carne propia.
Durante once años dirigí AMAD en modo fast hasta que dejó de tener sentido. Hacía moda a toda velocidad hasta que entendí que el cambio no se trata de dejar de crear, sino de dejar de correr.

Ahora prefiero diseñar sin prisa, aunque eso implique empezar desde cero.
Lo importante no es quién va adelante, sino recordarnos que vestirnos también forma parte de nuestra identidad.
Y cuando volvemos a verla así, empezamos a elegir más slow, y menos fast.
Con cariño,
Melissa 🖤




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